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Outsiders y tiranía de la mayoría El desafío de lo impredecible

Vilma Petrash

vpetrash@mdc.edu

 

No cabe duda de que las elecciones generales de 2016 en EE.UU. se avizoran como las más novedosas, polarizadas e impredecibles en la historia política reciente de este país. Y esto está aconteciendo por la presencia disruptiva de dos candidatos outsiders radicalmente populistas que han apelado, tanto del lado republicano como del lado demócrata, a los sentimientos intra y suprapartidistas de frustración, desencanto, rabia y miedo que recorren a una mayoría antes silenciosa, pero ahora desbordada y dispuesta a castigar electoralmente a la clase política tradicional por su percibida desconexión con la realidad azarosa de creciente desigualdad social, inseguridad laboral y estancamiento salarial que padece la otrora vigorosa clase media estadounidense. Lo interesante de este proceso, es que los padres fundadores de esta nación creyeron haber diseñado un sistema de gobierno blindado precisamente contra la insurgencia de esa incontrolable pasión popular, es decir, un sistema republicano representativo de la mayoría pero respetuoso de los derechos de las minorías, garantizado por un esquema de frenos y contrapesos que permitiera el ejercicio del poder político según el imperio de las ley y no de los individuos.

Sin embargo, pareciera que ese blindaje institucional contra la “tiranía de la mayoría” se ha venido erosionando en los últimos años con la emergencia de movimientos de masas suprapartiditas y post ideológicos como el Tea Party y el Occupy Wall Street, a causa de la ansiedad y resentimiento de la población blanca americana con el rumbo político y socio-económico del país (y reflejado en el visible deterioro de su calidad de vida, producto de la pérdida de empleos y salarios bajos y/o estancados); y como resultado de la alineación laboral y el malestar social de jóvenes, minorías raciales y étnicas, e inmigrantes ante la dramática reducción de sus posibilidades de inserción en la presunta sociedad de oportunidades tan mitificada en la idea-fuerza del “sueño americano”. No es, pues, de extrañar que se esté evidenciando un desafío existencial contra las instituciones partidistas tradicionales como mecanismos de selección y para la elección de los representantes de la voluntad popular en EE.UU., mediante candidatos outsiders que han irrumpido con sorprendente fuerza dentro de la partidocracia y capitalizado ese poderoso descontento popular anti-sistema, hasta demoler (Trump) o sembrar dudas e incluso deslegitimar (Sanders) tanto a los candidatos del establishment como al control partidista cupular sobre el proceso político de nominación de los dos principales candidatos a la presidencia de EE.UU.

Sostuve en mi anterior artículo que esta situación de crisis profunda de la partidocracia estadounidense denotaba no solo un realineamiento electoral que pudiera estar arrollando a uno de los partidos hegemónicos del sistema de partidos estadounidense, sino incluso la posible emergencia de esa democracia iliberal o de “tiranía de la mayoría” a la cual tanto temían –y con razón- los federalistas fundadores de la república norteamericana. Se trataría, en suma, del surgimiento de una “oclocracia” o gobierno de la muchedumbre alejado de las concepciones liberales filosóficas de protección de los derechos individuales inalienables a “la vida, la libertad y la propiedad” de John Locke y más cercana al concepto de democracia populista radical erigida alrededor de una presunta soberanía popular indivisible e inalienable que proponía Rousseau y que parece reflejarse tanto en la narrativa populista, nativista y autoritaria del incontinente e impredecible Trump, como en la narrativa radical de revolución política o insurgencia popular contra el establishment de Washington y Wall Street que propone Sanders.

En todo caso, es claro que este desafío de los outsiders potenciado por la telúrica mayoría electoral intra y suprapartido que está manifestándose en este sui generis ciclo electoral, ya ha triunfado en el partido republicano y ahora amenaza no tanto con derrotar pero sí con deslegitimar a la única candidatura viable del establishment político bipartidista de EE.UU. (Hillary Clinton). Y ello es así, porque como lo indican encuestas recientes, mientras más se prolonga la contienda por la nominación demócrata y más agrio y divisionista se torna el discurso de denuncia de Sanders contra el liderazgo “corrupto” del partido demócrata y sus reglas elitistas y contra la transparencia financiera y el “juicio” de Hillary Clinton para ser presidente, más argumentos y posibilidades está dando Sanders a un inescrupuloso Trump para subir en las encuestas y posiblemente derrotar a la Sra. Clinton en noviembre. Algo que, sin duda, está aprovechando el histriónico magnate instando a Sanders a lanzarse como candidato independiente, y elevando su retórica destructiva contra una candidata considerada deshonesta y poco confiable por un número significativo de votantes potenciales e inscritos. Se trata, valga aclarar, de una retórica extremista de gran resonancia entre las bases conservadoras del GOP, que ha abarcado desde llamarla “desvergonzada Hillary” hasta acusarla de “facilitadora” de las infidelidades de su esposo, el “violador” Bill.

Mientras tanto, el calculadamente impresidenciable Trump ya está siendo aceptado como el inevitable nominado por el resignado establishment del GOP, y ha lanzado una cruzada de unificación de la devastada granja republicana, bien sea reuniéndose en Washington con el renuente presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, o presentando una lista de 11 potenciales magistrados de línea conservadora a la Corte Suprema para reemplazar al difunto magistrado Scalia. Es decir, que la pelota de la división y la fractura está rodando ahora en el lado demócrata, gracias a la rebelión en la granja que parece estar comandando el senador Sanders. En efecto, luego de acumular resonantes victorias en 20 estados en las primarias y tras la tumultuosa convención estatal demócrata de Nevada del sábado 14 de mayo, el iconoclasta Bernie ha embestido contra la presidenta del Comité Nacional Demócrata, Debby Wasserman Schultz, declarando una vez más que hay que deshacerse del sistema de súper delegados y ratificando que permanecerá en la contienda por la nominación hasta que se cuente el último de los votos. No cabe duda de que la Sra. Clinton está sintiendo ya no el “Bern” sino el “burn” de una ruta hacia la nominación que apenas en febrero parecía segura a su favor, en contraste con lo que ocurría en la tolda republicana pero que ahora luce acechada por el fantasma de la división partidista. Así de impredecible y preocupante ha demostrado ser el actual ciclo electoral en EE.UU.

May 24, 2016
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